Haikus para detener un tren

No hay guerra que suceda lejos. No hay llanto que me resulte ajeno.

Un viaje poético que cuenta la historia de una guerra desde los ojos de un niño. Cada haiku revela un instante: un estallido, el sinsentido, la pérdida y el miedo, la esperanza y, finalmente, el resurgir de la vida.

El libro avanza como una travesía poética con un lenguaje mínimo y delicado, convirtiendo la devastación en poesía y el dolor en un canto a la resiliencia. Una obra para detenerse, mirar y recordar que, incluso después de la guerra, la vida siempre encuentra cómo volver a florecer.

Escrito por
Ilustrado por
ISBN
978-84-128200-4-1
Páginas
56
Medidas
170 x 240 mm
Encuadernación
P.V.P.
15,50 €
2026
IX Premio Muestra del Libro Infantil y Juvenil

Desde la portada, los ojos de un niño nos invitan a entrar en este hermoso pero doloroso relato sobre la guerra. A lo largo de sus cinco capítulos, solo la delicada brevedad de un haiku se muestra capaz de reflejar las emociones y sensaciones contenidas en cada instante. Dibujos en ceras de colores recrean las estaciones, desde los brillantes tonos de la primavera hasta el blanco invernal. En medio del idílico escenario natural irrumpe el terror con estridentes trazos en tinta negra, como representación del horror y la devastación que causa. Dos lenguajes distintos, el gráfico y el literario, que convergen en lo poético como único modo de expresión ante la barbarie, como forma de resiliencia y símbolo de esperanza.

Desde las muchas formas de abordar un acontecimiento tan atroz como la guerra y la destrucción tanto material como humana, Fran Pintadera ha escogido la esperanza donde, desde la cicatrización que supone el paso del tiempo, la gente se aferra a recuperar la normalidad en un homenaje a la resiliencia y la lucha por la vida. Las preciosas ilustraciones de la escritora, ilustradora y narrativa gráfica Ina Hristova tienen un calado profundo por la gran generosidad en los detalles y la precisión al captar lo esencial de cada momento, lo mismo que el haiku.

Pintadera, que es desde hace tiempo un maestro de la palabra, maneja con elegancia el recurso y conjuga sentimientos de alta intensidad que reflejan magistralmente la herida abierta de la guerra, o cómo un conflicto puede quebrar de raíz la armonía. Bajo la óptica de un niño, en cinco movimientos ligados al paso de las estaciones, cuarenta emociones describen el impacto emocional y juegan a transmutar el horror en esperanza. La artista búlgara Ina Hristova ha construido un entramado de ilustraciones, dispuestas a sangre, con gran simbolismo poético que retratan a la perfección la meteorología, la belleza de las pequeñas cosas, los crujidos del gran estrépito que articula la trama y simboliza el dolor o esos brotes de ilusión que sirven como epílogo.